apostillas a La muerte no viaja sola.

APOSTILLAS a La muerte no viaja sola

«Me imagino, mi querido Daniel, que nunca viajas en avión ni tienes ningún amigo trabajando en Airbus.
Las tragedias aeronáuticas no pueden servir para “lucimiento” de poetas.»

El derecho de objeción de conciencia se reconoce en EEUU desde 1935 y en España desde la Constitución de 1978, artículo 30. Bajo el Gobierno Aznar, el 9 de marzo de 2001 las Cortes Españolas votaron la supresión del servicio militar obligatorio, lo que dejaba obsoleto el derecho de objeción, no así las ideologías que lo inspiraron, ya fueran religiosas (los Testigos de Jehová) o civiles, por puro pacifismo. En su día, la crítica a la supresión de la mili fue esta: a partir de ahora tendremos un ejército profesional, lo que alejará al pueblo (se decía así entonces) de las fuerzas armadas. Tendríamos un ejército de mercenarios al que muy pronto se incorporaron mujeres soldado y soldados extranjeros, latinos principalmente.

Nuestro sueño apuntaba a un cuerpo único de Seguridad que juntara en una las fuerzas de los tres ejércitos con la policía en sus tres niveles: policía local, nacional y autonómica; cuerpos de la Guardia Civil y Guardia Civil de Tráfico, Policía Nacional, cuerpos de aduanas o carabineros que quedaran por ahí, y unirles las fuerzas de bomberos, de protección civil y de primeros auxilios, en un cuerpo que sería el Cuerpo Único de Seguridad del Estado, dependiente del Ministerio de Interior (el de Defensa desaparecería). Ese cuerpo se bastaría para la policía o buena gobernanza de ciudades y pueblos, ríos y costas, caminos y fronteras. Y sería la fuerza de intervención humanitaria dentro o fuera de España, si hiciera falta. Con el cuerpo único se acabaría la actual multiplicidad (con sus correspondientes escalas de mando), que no sabemos para qué sirve. (Todo el mundo comprende la división entre tierra, mar y aire pero casi nadie entiende por qué unos casos los lleva la Policía Nacional y otros, la Guardia Civil; o por qué puedo saltarme un semáforo delante de un policía nacional, que no me dirá nada porque tráfico es asunto de la local.) En cuanto al Ministerio de Defensa, por guerra se entiende un conflicto entre naciones y nadie, en su sano juicio, se cree que nuestros vecinos Marruecos, Portugal o Francia, no digamos Gibraltar ni Andorra, vayan a invadir España. Y, mucho menos, concebimos que España invada o declare la guerra armada a esos países. Por tanto, la objeción al ejército y a la mili (obligatoria o voluntaria) tiene, además de profundos motivos de conciencia, muy serias objeciones de tipo práctico, político y económico y es algo perfectamente compatible con el patriotismo más patriota y con la cara humanitaria con que las fuerzas armadas quieren atraerse a la juventud.

Pero los militares saben que, para que aumente la seguridad de España, España debería declararse neutral en el concierto de las naciones, y hoy España está en el bloque Otan dependiente de Estados Unidos (bases de Morón y Rota) y de Gran Bretaña (Peñón de Gibraltar). Saben que con el mismo argumento de un Gibraltar no español (porque “los llanitos prefieren ser ingleses”), Ceuta y Melilla podrían preferir ser no españolas. Saben que las fronteras son movibles y se han movido a lo largo de la historia; que España podría ser un estado federal, lo que resolvería la cuestión catalana, y que por la misma razón que a Cataluña se le niega su independencia (porque Cataluña “sería más débil” ante la Unión Europea), así también España sería mayor y más fuerte si se uniese con Portugal. Y como todo eso pondría en evidencia a la monarquía (si España y Portugal se unen, piensa el Borbón, ¿qué será de mi corona?), a la política (¿Madrid sería la capital o será Lisboa?), y a las actuales fuerzas armadas y cuerpos de policía (¿tendré yo el mando o lo tendrá la GNR?), entre todos evitan que la población piense en términos de lo que hay y de lo que podría haber. También obstruyen la reflexión las compañías privadas de seguridad, las casas de seguros, las ciento y una maneras que el capital privado tiene de sacar tajada de nuestro miedo como ciudadanos y de nuestra inseguridad como personas.

En esa escena, el accidente del Airbus Military sirve de luz y guía. Si se cuestiona la rentabilidad del Ave que nos lleva de viaje o de excursión, ¿no vamos a cuestionar el Airbus, que nos lleva a conflictos? Ni porque Airbus dé trabajo a quien da trabajo, ni porque nos lo pinten como la punta de lanza de la I+D europea, vamos a bajarnos de nuestro pacífico burro: el fin (la guerra) no justifica los medios (el transporte, la intendencia, la sanidad militar sin los cuales ningún ejército dispararía un solo tiro). Y el medio (crear empleo) no justifica los fines (intimidatorios a otras naciones). Si a nadie agrada un accidente con muertos, habría que preguntarles (la vida es cruel) a las posibles víctimas futuras de los transportes militares si aplaudían el proyecto Airbus. Mujeres y hombres que no han hecho nada a España (más que venir sin pasaporte y en patera) y que ni vienen ni vendrán ni contra usted ni contra mí. Dicho lo cual, quien quiera ejército, que lo pague de su bolsillo y con sus impuestos, no con los míos. A ver cuándo preguntan esa objeción fiscal en la declaración de Hacienda como preguntan la aportación a la Iglesia Católica. Por cierto, me encanta coger aviones, tengo dos sobrinos trabajando en Airbus y creo no haber sido nunca poeta de lucimientos.

Daniel Lebrato, Ni tontos ni marxistas, 11 del 5 de 2015

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